Sony Salazar

      
Artistas - Literatura

Anita es uno de los personajes, creado por esta escritora que ha participado en numerosos concursos de narrativa y entre sus reconocimientos se encuentran varios premios de narrativa infantil

Nacida el 18 de febrero de 1976 en el poblado de Sagua de Tánamo, provincia de Holguín, Sony Salazar reside en la actualidd en el poblado Las 20 del municipio Baraguá,  provincia de Ciego de Ávila.

Pertenece a los talleres especializados: Compay Grillo de literatura infantil y El Cazador de narrativa, impartidos por los escritores Félix Sánchez y Francis Sánchez respectivamente. Además al taller municipal José Fornaris del municipio Baraguá. Ha participado en concursos nacionales, internacionales y municipales. De los cuales ha obtenido:

Concurso Lengua de pájaro,  Holguín.

Tercer lugar, poesía para adultos (1996),

Concurso Compay Grillo literatura infantil, mención en cuento y poesía (2011),

Evento provincial de talleres literarios, primer lugar narrativa infantil (2011),

Concurso municipal poesía de amor, segundo lugar (2011)

Obras de su autoría.

Amanecer.

6.00 am. Amaranta dormía intranquila, en su sueño unas manos sacuden con fuerza los árboles de donde caen frutas de todo tipo. Corre para atrapar alguna. Cuando las prueba nota un sabor amargo. Despertó confundida, creía estar soñando todavía. Todo se estremecía a su alrededor. Salió corriendo para buscar a su abuela.  Algo golpeó su hombro, sintió un líquido tibio correr por su brazo. Era una sensación de ardor que se confundía con el dolor, que como las frutas del sueño eran igual de amargo. Todo se tornó oscuro, entre lágrimas y espanto volvió a quedarse dormida. Cuando abrió los ojos otro era su sueño. Un ejército de batas blancas se le venía encima inundando de luz su nuevo amanecer

Los ángeles no tienen alas

Anita despertó más temprano  que las gallinas, era un día muy especial. La tía Elena  la llevaría a la ciudad a pasar las vacaciones. Aunque a ella le gustaba pasar los veranos de charca en charca, recorriendo todos los rincones del monte, buscando conchas de polimitas y descubriendo en donde la torcaza y la cartacuba depositan sus crías, corriendo por las sabanas como si les nacieran alas para volar.

La idea de lo nuevo se le hacia interesante. Cuando mamá despertó ya había tejido sus trenzas, cosa  que nunca hacia porque se le cansaban los dedos. ¡Ah, si que se  veía entusiasmada! Pero cuál sería su sorpresa, la ciudad era bonita, pero para ella  no había nada más hermoso que las mañanas llenas del gorjeo de los pericos, saboreando  las mas jugosas frutas, el vuelo alegre de las mariposas y el murmullo del arrollo que da al cafetal  del abuelo. Anita se sentaba cada mañana desde horas muy tempranas en una esquina del balcón  del apartamento de la tía. Sus ojos se perdían en la ciudad buscando un detalle campestre. Desde un banco, ignorado por todos, un personaje muy  extraño la observaba sacaba de la enorme bolsa que cargaba un trozo de papel y un mochito de lápiz y se ponía ha realizar algo. Anita sentía mucha curiosidad, el hombre le sonreía, le saludaba con las manos o sea no dejaba de llamar su atención. Un día Anita acompañada por la tía y los primos, se disponía para ir a la playa. Estaba muy emocionada, nunca la había conocido. Mientras esperaban el transporte se dio cuenta de algo, allí sobre el banco, despertaba aquel personaje extraño que tanta curiosidad despertaba en la niña. Anita se acercó de espacio, cuado él abrió los ojos dio un salto  para incorporarse  y con las manos temblorosas, sacó del enorme bolso un dibujo tan perfecto que Anita no pudo dejar de sonreír  por unos minutos. Era un paisaje de campo tan hermoso que devolvió el   brillo  al los ojos de la niña.

—  Anita

Se escuchó una voz que parecía e espanto, no dio tiempo a dar las gracias, fue arrancada de un tirón de enfrente de el artista.

—   ¿Tú  no ves que es un borracho?

Replicó la tía agarrando fuertemente del brazo a Anita.

—   ¡Un borracho!

Se asombro la niña, ella no veía más que un artista. Cuando llego la guagua se apresuro hasta sentarse al final y discreta si que nadie la notara, dejo escapar un adiós con sus manitos y una sonrisa  tan fresca como el arroyo de las montañas. Cada mañana Anita bajaba escurridiza hasta el parque donde se encontraba  el acostumbrado detalle. Ella en cambio, le regalaba una sonrisa. Sonrisa  que llenaba de luz la vida de aquel personaje. Unas veces más que otras, traía un trozo de pan y unas galletas que guardaba del desayuno y con mucho cariño la ofrecía  a su amigo; el pobre estaba  tan solo, nadie lo miraba  cuando lo hacían era para murmurar cosas feas.

Una mañana Anita se enfrentó  con mucho coraje  a unos  niños que tiraban  del bolso del artista  y le gritaban borracho. Todos corrieron ante la amenaza de la pequeña  de arrogar  un par de piedras  para que no fueran abusadores. Se  avergonzó el artista y una lágrima tibia  y salada rodó por  su mejilla  hasta  llegar  a sus labios. Anita, con el espíritu   que siempre  le acompañaba trató de animarlo diciéndole.

—   Vamos a ver, que me traes hoy.

—   Hoy traigo un ángel.

Y sorprendida quedó cuando miro aquel trozo de papel con el dibujo de un rostro, que no era más que el de ella misma.

—   Pero yo no soy un ángel- dijo Anita riendo a carcajadas.

—   Y para colmo no me dibujante las alas.

—   Es que los ángeles no tienen alas. Contestó el artista acariciando la cabeza de la pequeña.  Y continúo diciendo.

—   Hoy lo pude reafirmar, cuando te vi ahí ocupándote de esos chiquillos traviesos.

Anita sonrió con más luz en sus ojos que nunca y dijo.

—   Es verdad  los ángeles no tienen alas,  porque  por más que  lo miro, no encuentro las suyas por ningún lado.