pOR: vASILY m. p.
Al peso de la isla no sólo vamos a sumarle el de la población que va creciendo, sino, además, el valor de la literatura y el arte que florece en su mismo centro, aquí, en Ciego de Ávila.
Al peso de la isla le sumamos el valor innegable del sabor criollo en la poesía de pablo Díaz, un poeta de la tierra humilde, de los campos avileños y, sobre todo, de la palma real.
Es miembro de la UNEAC avileña desde que surge el Comité provincial en el año de 1986. Y desde entonces ha mantenido una vida activa participando en concursos y obteniendo diversos premios y menciones. Así como desarrollando la vida cultural de su municipio Tamarindo, en Florencia.
Nació en la finca Las Lometas, de ese municipio de Florencia, en el año de 1926. De familia humilde, campesina, se inclinó por la décima que era como un apéndice del duro trabajo del campo para apaciguar sus penas y sus miserias.
Su poesía es una fiel imagen de lo vivido en ese rincón de tierra que aún lo ve moverse y del que no ha podido desprenderse nunca. En cada verso suyo alcanzamos a deslumbrarnos por la claridad de una mañana o a mojarnos con las lluvias de mayo en plena siembra de frijol. Y es que a Pablo la tierra le sabe a gloria.
A veces sus versos sirven también para alentar a sus amigos o embromarlos. Por lo que surgen entonces las controversias y las formas orales de comunicación que tanto nos identifica a los cubanos. Así Pablo Díaz mantiene viva la tradición oral y consigue que sus parientes, vecinos, amigos más cercanos, no olviden nunca el color de la tierra que les tocó vivir y trabajar, el sabor de tradición cultural.
Pablo Díaz no sólo trabaja la décima, las cuartetas. También se mueve entre el verso libre o lo más parecido a un soneto. Y nunca deja de soñar con que es ese escritor de montículos, alambradas, bohíos y palma real.
Ha publicado, entre otros, los libros Buen tiempo para sembrar (Ed. Ávila, 2004), Tan serio como una tusa, (Ed. Ávila, 2009), de los que quedan aún ejemplares en nuestra librería Juan Antonio Márquez a la espera de los estudiosos de la buena poesía avileña y de su sabor criollo.
Recientemente la editorial Ávila publicó su libro Tengo en la manigua un pie (2013), una selección del poeta Francis Sánchez, con poemas inéditos y algunos ya publicados. Vuelve a la carga con sus octosílabos llenos de color, rebosantes de frescura y sueños por cumplir. Poesía al fin que no cesa de dar nuevos y jugosos frutos para beneplácitos de sus lectores.
Por su apego a la cultura nacional, por la defensa que hace desde su obra a la tradición popular, ha merecido casi todas las distinciones que otorga el ministerio de Cultura, incluyendo la distinción por la Cultura Nacional.
Al peso de la isla se le suma su propio peso hecho imagen en toda la poesía de Pablo Díaz, un poeta de Tamarindo, Florencia, que aún se levanta soñando al viento como una espiga que canta.