Por: Vasily M. P.
La noticia debía ser, «Inaugurado en la noche del 24 de octubre en ciego de Ávila, el XXVII Salón de artes visuales Raúl Martínez». Y seguir después describiendo el suceso inaugural para luego hablar sobre las obras, los artistas, los premios colaterales y los premios del salón.
Continuar con un recorrido por la historia de la plástica en la provincia sin dejar de mencionar nombres importantes, figuras reconocidas nacionalmente que aportaron su granito de arena en la concepción del premio desde sus inicios, y concluir dando una valoración un tanto crítica de las principales obras (quizás las premiadas y las que debieron serlo), para dejar abierto un futuro debate.
No los voy a engañar, ni dejaré de ser todo lo sincero que me caracteriza, pero este salón merece las palabras más duras, la crítica más severa porque es tiempo ya de que se le ponga el cascabel al gato en esta crisis que vive la plástica avileña de los últimos tiempos.
Quiero empezar reconociendo la labor de los promotores del consejo de las artes plásticas que desplegaron toda una campaña divulgativa e incitativa en esta nueva edición del salón. Hasta comprometieron a algunos artistas para que participaran e hicieron su mayor esfuerzo. Y merecen elogios. Amén de los desaciertos y lapsus que deben estar presentes en toda obra humana. La cuestión falló en el propio artista. O en su compromiso con el arte.
Es un asunto bien complicado porque el solo hecho de mencionar la palabra «artista», y «compromiso» ya levanta expectativas y pone en sobre aviso a cualquiera. Mi intención está lejos de todo ello y solo pretendo hallar una forma de convocar a la reflexión, incitar o hacer un llamado a la acción y, quizás, proponer una solución a la crisis.
¿Todavía no se ha enterado de que hay una crisis en la plástica avileña? Los hechos se han ido desencadenando con una lógica coherente y una parsimonia abismal a través de los años. No pocos eventos de esta manifestación artística se han visto lacerados por la decadente participación de nuestros artistas y, lo peor, por la baja calidad en sus obras.
Pensemos solamente en un salón (2014) de la UNEAC avileña suspendido por la falta de calidad en las obras «presentadas», también en un salón de invierno de la ciudad de Morón que, si bien no fue un desastre, tampoco fue la tabla de salvación que debió ser. Pensemos, además en muchos otros salones en los últimos, digamos, 10 años.
Veremos no solo la ausencia de nombres importantes de nuestra plástica si no ausencia de contenidos, conceptos vanguardistas, intenciones, autenticidad, e infinitas otras variedades de categorías que deben estar presentes en toda obra de arte.
¿Y qué está pasando? El asunto es para teóricos. Me atrevo a pensar que no hay ya un compromiso ni con la sociedad ni con el arte genuino ni con el deseo de crear. No en todos los casos, claro, pero sí lo veo como tendencia de muchos de los artistas de la plástica.
Se hace necesario una cura. No puede seguir pasando que los salones expositivos se queden en unas pocas obras de calidad expeditas, y de un par de premios que lejos de ameritar la obra hacen sospechoso su valor, «entre los ciegos el tuerto es rey».
Se hace necesario que la conciencia, el amor al arte, regresen a los cuerpos vacíos de esos artistas que se han vuelto de lodo y se hunden en las selvas del mercado. Nadie les niega el derecho a comerciar sus lienzos, nadie les niega el derecho que tienen de subsistir y cuidar a sus familiares, pero el arte no es solo de uno, sino de todos.
Si uno hace su obra por la necesidad de descargar angustias, por la necesidad de transmitir un mensaje, por la necesidad de trasgredir la crítica y el pensamiento de una sociedad, y luego consigue venderla y vivir de ello, es aplaudible. Si uno hace esa misma obra y paralelamente hace otras de menos carga interna para vender, podría considerarse hasta lícito.
Pero si uno deja de plasmar sus inquietudes interiores y solo se dedica a hacer una obra para subsistir, para ganarle el gusto al consumidor, para no decir nada y solo llevarse un plato de comida o una prenda a casa, eso es criticable. Es triste. Es una desgracia que lacera la identidad de una cultura y hasta la vida cultural de la localidad.
Hay que vivir, hay que satisfacer las necesidades en toda su extensión, pero también existen otras cosas importantes que tienen que ser atendidas como son las expresiones artísticas, el ejercicio del criterio y del razonamiento. Eso tan fuerte que nos distingue del resto de los animales.
Deberán tomarse las medidas para «hacer consciencia» como tanto pedía nuestro comandante en jefe y sé que la tarea es más dura que cualquiera de los 12 trabajos impuestos a Hércules, o que la propia odisea en que la se vio sumergido Ulises y sus argonautas. Habrá que pensar en la forma de cuidar al artista, de tratar de hacerle más fácil la vida con tal de que no se nos pierda y consiga aportar su verdadero arte a la cultura del patio.
Este salón número XXVII es consecuente con la falta de propuestas inteligentes y es coherente con la pobre participación de los artistas de vanguardia, incluso estudiantes. Claro, ha cambiado el panorama en la provincia para bien o para mal. Ya la academia no sigue aportando juventudes que quieran comerse el mundo; ya los talleres personalizados no están recogiendo frutos; el interés del creador por decir (y siempre volveré a ese actos solitario de la creación donde se conjuga mundo interno con la realidad externa) algo interesante, proponer soluciones a los males de la sociedad ha menguado.
Tal vez debería hacer ahora una pregunta necesaria, ¿y dónde están los artistas de vanguardia? Y la respuesta pudiera ser menos doliente, menos del alma, pero creo que está más cerca de «subsistiendo» que de «creando». Y no debería ser.
Los artistas de la plástica son privilegiados en poder hacer su arte para vivir. O de vivir, mientras se pueda, de su arte. Los escritores, por ejemplo, no tenemos esa suerte. Tenemos que dedicarnos a la profesión «otra» para vivir y en los ratos libres hacer nuestra obra. Que nunca será comercial por necesidad o de baja calidad (cuando hay talento claro). Es una ventaja que tienen los plásticos y prefieren quejarse de la situación económica, del precio de los materiales, entre otras cosas.
No dejan de tener razón, pero no es toda la razón. No hay que cansarse, la lucha sigue, y es el amargo trago que hay que darse con el comienzo y final de la jornada. Eso es dignidad, a mi juicio. Y sé que los artistas avileños que siguen haciendo su obra a pesar de los pesares estarán de acuerdo conmigo y pensarán como yo que «no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista».
Villamar El portal de la cultura Avileña