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APUNTES SOBRE LA IDENTIDAD Y LA CULTURA

Por: Vasily M. P.

¿Cansado de hablar de identidad? No lo creo, nunca he de cansarme de hablar sobre un tema histórico de tanta importancia. ¿Por qué es importante? Lo es en la medida que su significado influye, y en ocasiones determina, en el desarrollo humano y su pleno desempeño social.

Creo que en primer lugar, para entender bien el fenómeno, hay que vaciarlo de toda connotación política porque concibo —no en mi caso— una suerte de aversión a este término por un mal manejo del mismo, sobre todo en nuestro país. Lo que lo vuelve un asunto «pedante» y «poco atractivo» (Estudios demográficos cubanos, 2015).

Identidad es aquello que nos hace humanos, a tenor de su concepto «a partir de esta es que las personas logran distinguirse del resto y esto depende siempre de la cosmovisión e historia propia y del contexto en el que se vive» (Ecured, 2016).

Identidad es memoria de lo que somos, de lo que hemos sido. Es la huella de nuestro pasado en lo que somos, y la huella de lo que somos en nuestro devenir histórico. Dos cosas que podrían ser lo mismo, pero no son iguales.

Algunos de los trastornos psicológicos con más impacto en la humanidad son aquellos que nos hacen perder la identidad, eso que somos, eso que nos distingue de los otros. Trastornos asociados con el «deterioro de la memoria, deterioro de la capacidad para aprender nueva información o recordar información aprendida previamente» (DSM-IV). Son comprendidos dentro de los Trastornos de Demencia y también aquellos de tipo Alzheimer, entre otros.

Estos sujetos pierden no solo el control físico-motor, la capacidad cognitiva o la realización de sus facultades fisiológicas y, además, ese proceso de autovaloración que tanta importancia tiene para la toma de decisiones, la regulación y autorregulación del comportamiento. En la esfera afectiva son muchos los efectos también. La pérdida de la identidad, en este caso la personal, es dolorosa.

Habría que mirar también los efectos sobre el hogar. A las familias que conviven con alguien en estas condiciones, mis respetos.
Así que, si vemos la identidad como esa memoria donde se almacena la información aprendida previamente, ese cúmulo de símbolos y saberes, de formas de pensar que nos distingue de los otros, que se manifiesta de manera inconsciente y natural, también podríamos ver la pérdida de identidad como una pérdida de memoria.

No quiero decir que se necesite sufrir algunos de los trastornos psicológicos para perder la identidad, solo quiero entablar analogía con un suceso que está aconteciendo en el panorama social nuestro: «la pérdida de la identidad del avileño» a partir de la profundización de la apertura del trabajo por cuenta propia y de las cooperativas de gestión no estatal. Y como mismo se vuelve una situación familiar complicada, dolorosa; debería serlo también el ver desquebrajarse la identidad colectiva por unos pocos que se dejan arrebatar la memoria histórica.

Y todo acto humano, todo esta emocional tiene un episodio desencadenante. A veces ocurre de forma orgánica, a veces lo fabricamos para justificar lo mal hecho. El primer ejemplo es más comprensible y debemos actuar en consecuencia; el segundo merece una atención especializada, consciente y fecunda, pero con energía.

Esto es grave y nos toca a todos la solución. No olvidemos que somos parte de la identidad colectiva, de esa memoria histórica que es trascendental más no infinita. En cualquier momento puede desaparecer si no lo prevenimos a tiempo. Y prevención es la palabra de orden en este momento en la Ciudad de los Portales.

Cuando hablo de «trabajo por cuenta propia y de las cooperativas de gestión no estatal» me estoy refiriendo, expresamente a las paladares, cafeterías, los sitios nocturnos. Mi alerta versa sobre el cuidado de repetir una visualidad ajena a la nuestra, de ser multiplicadores de una cultura consumista que no es saludable y mucho menos constructiva.

Le sumo a ese saco todas las calamidades sociales que ya erradicamos con el triunfo de la Revolución y que responden a la degradación de la moral del ser humano, de las buenas costumbres y que van en contra de la Familia y el Estado. Ya las vimos florecer en los oscuros años noventa a raíz del periodo especial.

No puedo mencionar nombres ni acotar ejemplos, pero sí existen lugares de «particulares» que aparte de servicios ofrecen —o venden— lo peor de la condición humana, se hacen apuestas, se juega y se corrompe la esencia de la humanidad. Casi siempre las paladares, en su horario nocturno, pueden ser lugares propicios para estos ambientes denigrantes y en algunos casos influenciados por «alguien» que ha visto casas similares en otras partes del mundo y quieren «repetir» las fórmulas para «ganar».

Le toca a la cultura lo que es propio de la Cultura. Ante esta vorágine de influencia exógena debemos actuar con propuestas culturales identificativas y autóctonas. Pero también tenemos que saber dejarnos «influenciar» por lo que viene de la «otra parte».

De alguna manera habría que ejercer cierto de control sobre las propuestas culturales que se ofrecen en esos sitios. Velar porque se hagan y se cumplan los contratos legales de trabajo para los artistas y que se respete lo planteado en la política cultural del país en cuanto a «el programa de intervenciones realizadas por las instituciones —estatales o civiles— destinadas a satisfacer las necesidades culturales de la población y a promover el desarrollo de sus representaciones simbólicas» (Ecured, 2016).

Dejarle la cultura en manos de los cuentapropistas no me parece del todo correcto. Siempre correremos el riesgo de perder la memoria, de perder el conocimiento de nuestra historia. Bien es sabido que el modelo de la sociedad burguesa, capitalista y de consumo tiene una matriz ahistórica y no le interesa el pensamiento ni la criticidad de sus pobladores. No multipliquemos ese modelo, no es el más adecuado ni se parece a nosotros.

Para todo esto hay que estar cada día más cerca de la sociedad, no en sus límites y actuar con ella a la par de los tiempos que corren. Hacer valer lo que nuestra política cultural continúa diciendo «convertir al pueblo en actor, pensar por el pueblo y para el pueblo, lo que encierra, lo bello, lo útil y lo bueno de cada acción, lo estético» (Ecured, 2016).

Comer importa, y comer bien. Pero más aún saber qué estamos comiendo y por qué, y con cuáles medios estamos alimentando el cuerpo. Lo mismo funciona para el alma, la parte espiritual que también somos.

Las familias que ejercen el trabajo por cuenta propia, digno e importante para todos, de las paladares y cafeterías, sitios nocturnos, no han de dejarse arrebatar ese patrimonio histórico del que son dueños por transferencia familiar, y me refiero al material no tangible que posibilita el diferenciarnos de un camagüeyano, santaclareño, habanero, entre otros pobladores.

Siempre es un riesgo el querer ser contemporáneos porque nos lleva a dejarnos arrastrar por las corrientes y estilos de moda que, por lo general, son colonialistas y responden al fenómeno de la transculturación.

Al avileño nos caracteriza la amabilidad, el buen uso de la lengua española, los modales y la camaradería. No dejemos esto como características del avileño del pasado, rescatemos poco a poco eso que nos pone en un sitio puntal en la geografía cubana. Seamos avileños, pero de verdad.

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