Por: Vasily M. P.
Loable es el arte pionero en un país o localidad. Aceptables y dignos de todo apoyo aquellos creadores que se atreven a transgredir maneras, actitudes parsimoniosas y falta de motivaciones para ofrecerle a los otros una ventana que mira hacia un patio más hermoso.
A esos creadores, esos artistas con ingenio, mi mayor respeto. Y porque tal vez nadie ha escrito sobre ellos y la escena cultural avileña se va quedando —o se ha quedado— sin críticos, voy a atreverme a ejercer ese ejercicio del disentimiento y la razón con el deseo de construir algo parecido a un ambiente crítico-literario.
En el diario de Alejo Carpentier publicado hace poco tiempo en Cuba, puede presenciarse como este insigne escritor lanzaba una novela al mundo y aguardaba con impaciencia y cierta angustia a que algún crítico escribiera sobre esa obra en cualquier periódico. Y se deprimía cuando veía que los días pasaban sin aparecer una nota siquiera.
Y es que Carpentier sabía, me atrevo a afirmarlo, que la crítica buena o mala es necesaria no solo para medir la magnitud de la obra escrita sino, también, para ocupar ese espacio que todo artista tiene en el mundo por derecho propio. Carpentier sabía que, me encanta suponer que así fue, si escribía libros y los publicaba era para el mundo no para sí mismo. Para sí tenía los libros, el espejo y un poco de ropa, más el amor de su esposa y la tranquilidad de la tarde escuchando a Stravinski.
Con esa impronta carpenteriana es que he pretendido hacer que brille algo de la cultura gestada desde Ciego de Ávila o por avileños y pretender acercarme a ser el crítico —que no soy— que intenta afincar a mi tierra sobre los hombros del mundo. Que el mundo sepa que hay una ciudad de los portales que contiene excelentes artistas y una obra cultural que remueve cimientos y esculpe en el aire castillos de concreto.
Todo este preámbulo —quizás innecesario— para decir que después de ver por tercera ocasión el telefilme Caliente Caliente de Jesús Ariel Díaz, basada en la obra de teatro homónima de Lázaro Rodríguez Paz, no me queda otra cosa que escribir estas líneas sobre ella y echarlas cuesta arriba con tal que lleguen a dónde puedan, pero que armen el decisivo ambiente que todo artista, cual Carpentier, desea crear alrededor de su obra.
Además de ser el primer telefilme hecho en Ciego de Ávila, ya existe toda una cultura de cortos, documentales, teleplays, incluso premiados en eventos nacionales, es una obra digna de alabo y de verla una y otra vez. Es nuestra, es de todo aquel que sea avileño o se sienta como tal.
Tiene la carga dramática necesaria para atrapar el interés del público y consigue que nadie perciba el paso del tiempo porque el poder de síntesis —un atributo del séptimo arte— está presente en una inimaginable cantidad. Pero creo que no era necesario respetar tanto el texto literario y sí echar a volar la imaginación con tal de adaptar la obra de teatro al lenguaje del audiovisual.
Es cierto que el telefilme consigue una actualización de la historia con elementos circunstanciales propios de la provincia como el triunfo del equipo de beisbol en la pasada serie nacional, un boulevard como símbolo del empeño y la dedicación, una arquitectura urbana más moderna, el grupo músico danzario Rumbavila fusión, entre otros; pero se hacía necesario más cercanía con el lenguaje cinematográfico.
En este caso si la historia es buena, es interesante, atractiva, si se inscribe dentro de la comedia jocosa, representante de la idiosincrasia del cubano, la propuesta visual esa que es el cine como tal, no propone muchas cosas novedosas. Y debería haber sido aunque estemos hablando de una comedia, que no es lo mismo que decir algo superfluo.
Estoy pensando en escenas logradas como la del espejo, donde el personaje de Severo que es Juan German Jones le habla a Domitila que es Jenny Ferrer Díaz y el reflejo de esta ocupa el lugar de la persona real, pero no ocurre nada más interesante. A mi juicio, es una imagen que se pudo explotar mucho más dándole otro sentido, otro vuelco. Pero la necesidad de respetar el texto original y el drama no permitió echar a volar la creatividad o la fantasía.
Hay otros momentos que me parecen felices en su realización como la escena debajo de la cama con la actriz Hanny Gómez Cunill como Rebeca y Roberto Castillo Pérez como Alipio. Una situación típica de la comedia de enredos en donde la subjetividad de la cámara consigue ese estado de complicidad espectador-personaje en situación, que arranca emociones y descarga alguna que otra risa.
Coincido con muchos guionistas y actores que plantean que una buena obra se puede echar a perder con mala actuación. No es este el caso, pero por momentos me da temor el nivel disparejo entre las actuaciones en donde prima la calidad indiscutible en, por ejemplo, Jenny Ferrer, Domitila. Y la poca dinámica, matices en sus parlamentos y gestualidad de Roberto Castillo, Alipio.
Así mismo podría no convencer un Oliver D‘Jesús, Cuco, que por momentos lo consigue, aunque olvida que en la televisión o en el cine la representación de personajes es menos grandilocuente que en el teatro. Y eso es algo que los actores conocen y tratan de separar en sus carreras.
Una mención aparte merece Jenny Ferrer Díaz en el rol de Domitila, a mi entender la actuación mejor lograda. Con transiciones verosímiles, matices, modulaciones de voz, y una buena gestualidad aunque con huellas aún del teatro. Es lógico, no estamos acostumbrados a las cámaras. Si no pregúntenle a María teresa Pina que desde que emigró al mundo del audiovisual tuvo que replantearse su estilo de actuación.
El personaje de Severo, encarnado por Juan Germán Jones, corre otra suerte y es que por momentos es Severo y por momentos es Juan German, pero no pierde la esencia del personaje y consigue ser verosímil. Los momentos más álgidos de comicidad fueron conseguidos como mejor sabe hacerlo, con elegancia y sentido escénico.
Este asunto de las actuaciones se hace bien complejo cuando se trata de una ópera prima y con un tiempo bien escaso para su gestación. Además de los deslices propios de la dirección que sólo con experiencia y una visión vasta de la escena a filmar se pueden corregir.
Los niños Sofía González y Yoelvis Reina son los actores que mediatizan la acción y dinamitan las escenas. Yoelvis con su gracia autónoma y Sofía con su candidez extrema. Son, además, los momentos de relajación entre los distintos escenarios conflictivos. Merecen más que una ovación.
La fotografía consigue planos coherentes con la subjetividad de cada escena. Arma situaciones dinámicas con un contrastante tempo ritmo más bien lento que permite estados de ánimos en el espectador que van desde la ansiedad hasta el agotamiento. La luz ocupa un lugar importante y resulta que es otro símbolo de nuestro paisaje. La luz en Ciego de Ávila, por el reflejo de los colores de su arquitectura, es distinta a la de otras localidades de esta isla
Creo que esos elementos, la luz y el color, se pudieron explotar aún más en el telefilme. Y estoy pensando en algo que es común en el cine cubano de todos los tiempos: el color, la luz, los contrastes. Es un rasgo que nos distingue como cubanos como mismo nos delata como avileños. Un poco de filtros hubiese venido bien.
Pero nada de esto mella la calidad de la propuesta cinematográfica de Jesús Ariel Díaz si no que sube la parada en el ambiente del audiovisual que se hace en esta ciudad. Y propone no una competencia, pero sí un motivo para que otros realizadores se empeñen en crear obras por el estilo.
Jesús Ariel consigue una obra cargada de respeto hacia el espectador y al texto original. Permite el disfrute del público al cual se debe, y es el responsable por excelencia de que su propuesta haya agrupado a muchos amigos dentro del territorio que dieron lo posible para que el filme saliera. Y es algo meritorio.
El empeño que ponga un artista en crear deberá ser recompensado con respeto. Por eso me digno a escribir lo que pienso. Y es para bien. Y en alabanza.
No soy amante empedernido de las comedias y reconozco que el cine cubano, de los 90 para acá, es desafortunado con este género pues se ha convertido en una suerte de escenario ideal donde ocurre cualquier cosa con realizadores y filmes. Pero esta comedia merece la pena verla, disfrutarla, recomendarla y guardarla para que las futuras generaciones conozcan de la historia cultural, cinematográfica de una ciudad que no solo tiene portales sino, además, una bien merecida fama de culta y sorprendente.