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LA TURBINA VERSUS CULTURA CUBANA

Por: Vasily M. P.

Seguimos perdiendo terreno en la batalla por la cultura. Y en los detalles, a mi juicio, puede estar la mano del diablo y, en su sumatoria, la destrucción de algo. No quiero ser pesimista. Basándome en el principio de L. S. Vigotsky, «todo proceso intrapsíquico primero fue interpsíquico», quiero dejar expuesto aquí mis ideas sobre la futura, si no ya inminente, derrota en el campo de la cultura popular en esta ciudad avileña.
Pudiera estar padeciendo del Trastorno de las Ideas Irracionales, pero esto que escribo es, primero, el resultado de algo vivido (que ocupa un lugar en el plano real) y vivenciado (que tiene significado), varias veces en el mes; algunos de mis amigos me han llamado la atención sobre el tema con la exposición de sus propias experiencias; y he participado en otras realidades como para lograr la comparación y darme cuenta de la diferencia.
De nada vale que sigamos vociferando en cuanto congreso o espacio de debate se nos dé la oportunidad, sobre la difusión de la banalidad y el mal gusto en los medios de divulgación, comunicación masiva, que fueron reestructurados a partir de 1959 en función de hacer realidad una política cultural «para el bien de todos».
De nada vale que nos desgastemos discursando en comisiones de trabajo sobre espacios públicos, consumo cultural; que los periodistas sigan realizando investigaciones sobre el consumismo de la mediocridad y sus secuelas; ni que algunas personas aún se busquen «problemas» por tratar de cambiar aquello que urge ser cambiado.
De nada vale, repito, tratar de hacer praxis lo recogido en nuestra política cultural y que se refiere a ese conjunto de «interacciones realizadas por el Estado, las instituciones civiles y los diversos grupos comunitarios organizados con el fin de ordenar el desarrollo simbólico, satisfacer las necesidades culturales de la población […] » cuando en el Parque de la Ciudad, pensado para el disfrute de todas las edades, de la familia avileña, se proyecta y se obliga a consumir una cultura mediocre que para nada tiene ver con « las necesidades culturales de la población».
Y cuando hablo de «se obliga» a consumir, lo escribo con todo el sentido que la lógica me lo permite. Porque los estándares de la educación cívica tienen bien claro el concepto de Violencia Cotidiana y se refiere a aquellos actos institucionales o privados que ejercen presión, silenciosa y abiertamente, para que el individuo haga lo que ellos como violentadores del libre albedrío, quieren que se haga (Monografías.com, 2016).
No le echemos la culpa al público que acude a este lugar. Sabemos que es el más heterogéneo, pintoresco, y en igual medida, el menos exigente en materia cultural. Entendemos que van allí en busca de recreación, pero también se comprende que a través de la recreación bien intencionada se logra un gran propósito: consumo cultural sano, a la altura de nuestra rica tradición cultural y facilita el acceso a la creación artística más genuina.
La tarea no lleva gasto material adicional, solo un poco de tiempo y voluntad en quienes deberían ejercer el control. Aún cuando se haga uso de la «violencia» para persuadir, transformar hábitos, instaurar una forma de vida saludable, en función del bien común.
Control, en primer lugar, de la calidad de lo que se ofrece en el plano cultural en cada área. Y esto va tanto en la visualidad del entorno (desde un cartel de anuncios, hasta un local con pésima ambientación) como en la música que se ofrece.
No hay una sola de las múltiples áreas que no se propague música de la «peor calaña» (si es que se me permite el término). Solo la Casa del Guajiro se salva de la vorágine del reggaetón y otros géneros que distan mucho de poseer calidad.
Al menos vencimos la batalla contra la injerencia o la transculturación. La música que se pone es casi 60% cubana. Pero falta ganar la más importante de las batallas, la de la calidad. Al público que acude a este complejo se le debe respeto. Un público que nosotros también, desde la cultura, deberíamos formar.
En nuestra casa se le ofrece a la visita lo mejor que tenemos. Claro, en los hogares actuales esta tradición se mantiene mientras las personas de la tercera edad continúan en su lugar de mayor estima. En los más actualizados, ya no se cree en eso que llaman «imagen» y que solo se cuida cuando hay presencia de un peligro real.
Cultura de la violencia, violencia cultural, cotidiana, diría yo, «[…] se caracteriza básicamente por el no respeto de las reglas […]» (Monografías.com, 2016), es lo que se ofrece a esa familia en el complejo del Parque de la Ciudad, sea cual sea su condición social.
Por ejemplo: la música la ponen en bafles gigantes a solo unos metros del oído de los comensales, del público en general; bombardeo continuado de reggaetón y de reggaetón y de reggaetón. ¿No existen otros géneros musicales en el cancionero cubano? Ni hay individualidades. Ni hay un mercado de la música de donde escoger. Y, lo peor, no hay un cerebro detrás de estas acciones violentas que sea capaz de pensarlo para detenerlas y llamar a la cordura.
En primer lugar, te violentan de manera física con el aumento excesivo e innecesario de los decibeles de la «gritería». En segundo, de manera psicológica con el contenido que proyectan las canciones (siendo positivistas y creyendo que estas tienen «contenido» y que pueden ser tildadas como «canciones»). Y los obligamos a gritar, a no comunicarse, a comportarse de manera totalmente ajena a la buena educación.
Esto va generando inconscientemente una predisposición a la exaltación de la personalidad que, agravado por los efectos de la bebida, dígase ron o cerveza, el mal trato de los propios gastronómicos, termina por traducirse en actos vandálicos, violencia de todo tipo.
¿Quién puede ser amable, ofrecer disculpas en casos de malos entendidos, tomar decisiones correctas o, simplemente disfrutar de un merecido descanso de fin de semana en medio de un ambiente tan hostil?
Y en esto precisamente hemos convertido el Parque de la Ciudad. Los campos de batalla donde nuestros mambises del 68 defendieron la luz y la palma soberana, debieron ser más tranquilos.
Somos responsables todos, desde el que levanta la mano solo en asambleas y congresos para denunciar hechos como estos, hasta los que se congregan en esas reuniones de recreación y no terminan de hacer palpable lo recogido en la política cultural cubana, «pensar por el pueblo y para el pueblo, lo que encierra, lo bello, lo útil y lo bueno de cada acción, lo estético».
Busquemos soluciones reales a este problema que hoy late sobre el Parque de la Ciudad. Evitemos que los niños consuman lo peor de la cultura cubana, con su música y todo, en ese parque infantil que luce los mejores aparatos de la ciudad, y la peor música que ni siquiera es apropiada para su edad. Esto también es generador de violencia y es un crimen que, a la larga, tendrá sus consecuencias.
Si somos capaces de permitir que en esta área cerrada, con carritos locos, un trencito y otros aparatos de lujo, se agreda una y otra vez la mentalidad de los niños, seremos capaces de la peor bajeza y seremos tan «bandidos» como aquellos que quieren la anexión a un país que nos agrede aún en el siglo XXI.
La solución, a mi entender, no es tan difícil. Quizás se podría pensar en que las instituciones culturales apadrinen «culturalmente» el área con las que más afinidad tengan. Así se podría tener espacio juvenil con el sello de la AHS, otro con la impronta de la Trova, de música folclórica, bailable, danzones y boleros, el rock, hip hop y hasta el jazz. Todos en armonía por el bien del pueblo avileño y en defensa de su cultura.
Felizmente podría ver el lugar infantil con aire retozón, sano y atractivo, tal vez de la mano del Polichinela y de los Instructores de Arte, en pos del disfrute de nuestros niños que son, en definitiva «la esperanza del mundo».

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